~ Archive for June, 2006 ~

Web 2.0: Práctica

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Un blog enlaza, una vez más, a una esplédida serie de fotografías en Flickr sobre el paisaje urbano de Chicago. Recuerdo que una de las experiencias más impresionantes en este pueblo fue caminar por las calles vacías del distrito financiero de Boston una medianoche de septiembre. Boston da sensación de ciudad segura y uno podía concentrarse en esas cañadas de piedra gris. No es como caminar por el Barrio ‘e Santa Cruz a las dos de la mañana, pero precisamente por eso fue más interesante.

Smoking Dope with Thomas Pynchon

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This man, who was introduced to me as Thomas Pynchon, appeared to be in his late twenties. I’m six foot one, but he was taller than me, about six two or three. He wore a corduroy shirt and corduroy pants, both green, and a pair of those brown, ankle-high suede shoes known as desert boots. He was lean, almost emaciated, and his eyes were wasted. His hair was thick and brown and he had a ragged, reddish-brown soupstrainer mustache; I wondered if he had grown it to hide his teeth, which were crooked and slightly protruding.

Pynchon was evidently a man of few words. I wanted very much to talk with him, to sound him out, at least to get him to laugh, but as we sat on the floor and passed around buzz bombers and grew progressively more zonked, he didn’t say much, just listened intently as our hostess and host and I talked. The conversation was disjointed, grass talk consisting of little bits and revelations (Leslie Fiedler had just been busted for possession of marijuana) and silly stoned jokes, like the one about the woman who traded in her menstrual cycle for a Yamaha. I thought of Pynchon as a Van der Graaf machine, one of those generators that keeps building static electricity until a lightning bolt zaps between the terminals.

All of a sudden, he pulled out of his pocket a string of firecrackers and asked, “Where can we set these off?”

“Why don’t we blow up the statue of Queen Victoria?” I replied.

“O wow, man, have you read that book?” Pynchon said. He’d caught my allusion to Leonard Cohen’s novel, Beautiful Losers, recently released in paperback. Cohen’s hero actually does blow up a statue of Victoria, a typically sixties symbolic gesture. I was pleased to finally get a response from Pynchon, yet I still felt like the overeager grad student trying too hard to impress the Prof.

There were no Victorian monuments to explode in Berkeley, so we drove instead to the Marina and set off the fireworks by the Bay. We walked by the water, past junkpiles, setting off cherry bombs and running like hell. A midnight ritual: four heavily stoned people hearing the snap, crackle, and pop, watching the dazzle against the black mud and the midnight waters. At that moment, halfway around the world in Vietnam, equally stoned soldiers were probably admiring in the same way the rocket’s red glare.

Suddenly, for some inexplicable reason, everyone had the hungry munchies and I suggested an all-night burger palace on University Avenue, probably the only restaurant open at that hour. It was a huge fluorescent Burgertown. As we sat at formica-topped tables and ate greasy sleazeburgers, Pynchon slouched in the booth, long thin legs in green Levi’s sprawled out, pensively biting his nails. Then he ripped a styrofoam coffee cup into tiny, meticulous shreds. He had dissipated, tired eyes like Robert Mitchum’s.

Ya había leído el artículo de Andrew Gordon (hallado chez Caterina) y hasta lo usé en un ensayo sobre Pynchon y Vargas Llosa (creo recordar) y con toda seguridad en otro sobre Virgilio, Garcilaso, Góngora y la Recusatio. Una joyita. Harvard tiene la colección entera de Playboy (que hay que pedir de forma especial) pero el número de 1977 en el que se cuenta como Pynchon le robó la mujer a alguien cuyo nombre no recuerdo está desaparecido. Estos friki-empollones…

Introducing Femenine Mystique… y lo demah eh tonteria

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Imagínense si estaré harto de blogs que ya en el 2000 colocaba tres posts diarios en Barrapunto, di el salto a los grandes medios antes de que la burbuja explotara, y luego superé algunos meses los doscientos posts en Elastico. Y aún así, y a diferencia de Toño, y eso que uno ya debería ir por el cuarto desenamoramiento, siempre hay cosas nuevas, siempre, siempre. Porque siempre nos quedará la satisfacción de abrir un nuevo bote de mayonesa con un giro fuerte y certero y varonil y oír un seco ‘poc’, tan satisfactorio. Por ello, como ejemplo, la no mencionada décima plaga de blogapocalipsis (?): las fotos de Flickr. Y si encima uno se dedica a escarbar y desenterrar cursilería se da con este grupo de “mística femenina” donde hallar lo de arriba o esto.

June is the cruellest month

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Dos veces junio le cede la palabra a personajes menores del aparato estatal –conscriptos, médicos asesores, cabos– para que ellos mismos den una ridícula –y por eso más aterradora–“versión oficial”. Y sin embargo, la novela no narra las posiciones y los valores de estos personajes, sino los lugares comunes de la lengua que los constituye. Así, la pasión por los signos vacíos y las formalidades no funciona ni como metáfora, ni como alusión, ni como disfraz de la violencia política, sino precisamente, como condición necesaria para su existencia.

Al sacar de foco a la madre torturada, al saturar el relato de cifras y partes médicos, de datos sobre los integrantes de la selección, de disquisiciones sobre las propiedades de la caja de cambios del Falcon, Kohan explora esos momentos en los que el deporte se vuelve una misma cosa –ni coartada, ni signo– con el nacionalismo; la medicina con la tortura; la guerra con la sexualidad.

Sin parodias ni gestos alegóricos, Dos veces junio pone en escena el funcionamiento de la ideología como visión de mundo, como aquello que impide ver y como máquina productora de idiotas eficaces. Y exhibe también la coherencia de sus efectos: en uno de los mejores momentos de la novela –y tal vez el más tramposo– el conscripto recorre las calles de Buenos Aires, en junio del 78, y advierte un pueblo de luto… y se apena junto a él porque lo atribuye, como no podría ser de otro modo, a la derrota deportiva. Al narrar con un lenguaje burocrático el horror, al hacer uso de un lenguaje grave para contar lo nimio, Kohan hace del límite que separa humor y violencia su mejor arma y escribe un relato protagonizado por personajes aterradoramente imbéciles: El Proceso argentino.

Paola Cortés Rocca dixit. El otro dí apareció, elogiosamente, este vídeo en Elástico, sobre el amor ar furbo en la Argentina. Elogiosamente por sus virtudes técnicas,  supongo, porque el fútbol argentino tiene en el 78 su pecado original. Por esos días me leí en un día esta obra de Martín Kohan, novela que al menos logra ser lo que quiere ser (a diferencia de otras, que fracasan mucho más a lo grande, que diría Faulkner, y ahí se halla su grandeza, como la del pequeño sureño de Oxford, Miss.). En la de Kohan, un momento brillante: el personaje cómplice de la dictadura alude vagamente a los intresijos del grupo de cuartos en el que terminó Argentina en el 82 y en el que Italia derrotó por 3-2 a Brasil en victoria tan injusta que, creo, hizo que no me volviera a tomar el furbo en serio en mi vida. Pues bien, estas alusiones como de cosa perfectamente sabida que no necesita ser explicada hace que el lector, por simplemente entenderlas en el 2002 (o el 2006) mediante el recuerdo, se sienta cómplice del narrador de esta novela en la que fútbol y exaltación nacionalista van tan de la mano. Una complicidad “cognitiva” que resulta en sentirse extrañamente manchado desde el punto de vista moral. Solamente por esa cuidadosa y espléndida trampa al lector ya, supongo, vale la pena leerla sin pensar que mejor estaría releyéndome Absalom, Absalom.

[Esta notita, con probabilidad, no la voy a usar nunca profesionalmente, pero me apetecía dejarla aquí en vez de en un Moleskine]

Aquí no hay tábanos zumbando

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Con uds. Philip Toledano, vía Sex in Art, donde prefieren esta proliferación de muñecas como abejas. Viniendo de semejante blog y dando con la que ven, uno va y recuerda ese fiacre que en Madame Bovary da vueltas y más vueltas por Rouen con Emma y Léon dentro, sin que se indique absolutamente nada más…

The World according to Joe Doe

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Y acá más grande. Cortesía una vez más de Enric, feliz y necesario contribuyente a este humilde blog. Nueva Zelanda ni aparece, fijo que al Juli le parece un elogio…

“Tú no necesitas a Dios. ¡Necesitas una bici!”

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Esta, al menos en contexto, es la mejor y más sabia máxima que he leído en mucho tiempo. Yo, por mi parte, con una solidísima educación atea y anticlerical por ambas partes (cada uno con un sabor distinto, pero complementario) desde que tengo uso de razón y una incapacidad de acordarme de alguna vez en que creyera en el Altísimo, confieso una poderosísima fascinación con esa gente, y cuanto más kitsch mejor. Eso sí, no recuerdo muy bien por qué dije que quería hacerla (mis padres, resignados a hacer lo que, bueno, todo el mundo hacía en el 82) pero la hice sin creerme ná de ná… en fin, no es cuestión de seguir hinchando un perro que, en realidad, es solamente un homenaje a la brillantez del titular…

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