Kalpa

Ahora que alguien me asegure que le voy a poder hacer la justicia a este libro que yo querría hacerle. Muy extraña esta responsabilidad, que acaso no se sintiese con un gigante reconocido. Debería invocar a la Musa, entregarle mis dedos (ya no se le puede pedir, como hacía Góngora, que le tome el pulso al instrumento), dedicarme a esto al alba. Pero miembro hiperactivo de una generación que ya sólo sabe leer en diagonal ni siquiera le voy a poder hacer justicia a este sentimiento de obligación de hacerle justicia, ni siquiera voy a sondearlo como él y yo nos merecemos. Aunque de seguro no es más que arrogancia, porque ni la autora ni su libro necesitan nunca (ni ella ni él ni todos los demás) que se les haga justicia, ya que no necesitan de ninguna glosa: sólo de lectores. Digamos que en realidad la responsabilidad es para con lo que uno imagina que podría decir mientras piensa que ha de estar a la altura (¿por qué?) del libro que lee. Uno se siente sin fuerzas para dar testimonio del miedo a no cumplir con algo que, en puridad, existe solamente como vacilación.
La imagen.

