XXL

Traten de verbalizar la cosa, de ponerle sujeto, verbo y predicado, y después piensen. Una empresa de comida industrial trata de convertir a su público en superhéroes dándoles la posibilidad de salvar, o no, a 15 niños hambrientos a cambio de una heroicidad, la renuncia a una Playstation que no han pedido. Los niños hambrientos como medio para vender hamburguesas, o como medio para llamar la atención de la gente, o para algo que, sinceramente, me cuesta concebir. La confusión de Peláez entre fines y medios y la confusión entre lo que es real o lo que no, entre Spiderman y los niños, es la confusión de qué coño estamos haciendo aquí. Peláez es, sobre todo, alguien confundido. No es el malo de la película, no se piensen que se está forrado o que es un pérfido asesino en potencia. Qué va, las cosas malas no se publicitan y, en realidad, los niños en Uganda o en otros sitios mueren a paletadas mientras ustedes leen este puto blog.
Peláez es sólo un funcionario, y no confundan su campaña enferma, absurda y nihilista con una cuestión personal. No es ni siquiera eso. Porque Peláez, como los confundidos protagonistas de La Vida de los Otros, sólo quiere caminar, aunque no sepa hacia dónde ni por qué.
No sé muy bien por qué, pero mezclar esta imagen de Philippe Mayaux con esta diatriba antiPeláez (la única persona que conozco con dicho apellido canta ópera, una rara avis) de Pierre (”la sátira no es un sistema de valores, sino una actitud de un hablante muy específico”) se me impone como algo tan necesario como juntar las cosas del modo en que las juntan en esas máquinas de significado que son los museos que se niegan a ser almacenes y a disponer sus obras de acuerdo a un orden cronológico… Mientras tanto, en una galaxia muy lejana, un chaval de diecinueve años preparaba bombas caseras contra aquellos reunidos para repudiar la figura de Jerry Falwell durante la celebración de su funeral. A otra cosa, mariposa.








