“y los despiadados comerciantes de bisutería”

Antaño los escritores de España (y de Hispanoamérica) entraban en el ruedo público para transgredirlo, para reformarlo, para quemarlo, para revolucionarlo. Los escritores de España (y de Hispanoamérica) procedían generalmente de familias acomodadas, familias asentadas o de una cierta posición, y al tomar ellos la pluma se volvían o se revolvían contra esa posición: escribir era renunciar, era renegar, a veces era suicidarse. Era ir contra la familia. Hoy los escritores de España (y de Hispanoamérica) proceden en número cada vez más alarmante de familias de clase baja, del proletariado y del lumpenproletariado, y su ejercicio más usual de la escritura es una forma de escalar posiciones en la pirámide social, una forma de asentarse cuidándose mucho de no transgredir nada. No digo que no sean cultos. Son tan cultos como los de antes. O casi. No digo que no sean trabajadores. ¡Son mucho más trabajadores que los de antes! Pero son, también, mucho más vulgares. Y se comportan como empresarios o como gángsters. Y no reniegan de nada o sólo reniegan de lo que se puede renegar y se cuidan mucho de no crearse enemigos o de escoger a éstos entre los más inermes. No se suicidan por una idea sino por locura y rabia. Las puertas, implacablemente, se les abren de par en par. Y así la literatura va como va. Todo lo que empieza como comedia acaba indefectiblemente como comedia.
Tal explica Pere Ordóñez (alter ego de Pere Gimferrer) en Los detectives salvajes. El propio Bolaño habría de citarlo explícitamente en uno de sus discursos, “Los mitos de Chtulhu”, que viene en El gaucho insufrible y que, como toda su obra, está primorosamente escaneado en eMule, con varios sabores, .pdf o .doc, pero siempre con capacidad de hacer búsquedas.
Ahora se estrena la adaptación teatral del 2666. Esperemos que la estupidez que dicen en el artículo sobre los críticos (objeto de salvaje sátira sin mayor trascendencia, un limpiar el terreno de lo deleznable antes de ponerse a levantar la tienda de las cosas importantes) sea del periodista y no de los autores. En cuanto a la viuda, ya se sabe que en algún momento el autor pensó publicar la obra en cinco partes para que su ella y sus dos hijos huérfanos (la pequeña ni de cinco años) pudieran ingresar más por derechos de autor una vez que su hígado acabara finalmente con él. Y ya se sabe que Bolaño sólo abandonó actividades económicamente azarosas como la venta de bisutería y se puso a escribir sistemáticamente cuando nació su hijo Lautaro (prosa, que da dinero y le resultaba extremadamente cansina, y no poesía, que no lo da y que fue lo amó) porque hay que mantener a la familia. Uno, que es hijo y ha vivido de la física hasta casi los 24, no ve nada malo en ello…

