Los pelos de Anasagasti

Si hoy alguien me preguntase ¿cómo es el país en el que vives?, yo diría que es un país grotesco. Es el adjetivo, por ejemplo, para el tema del post anterior. Grotesca es esa estúpida e incoherente corrección de “me parece de pésimo gusto pero no deberían secuestrarla” –velocidad y tocino- y grotesca es la competición entre columnistas de ABC y La Rázon por convertirse el más fiel abrillantador de letrinas reales.
Que sí, que ya sé que la sociedad es mucho más compleja y la gente más lista de lo que parece por la tele, y que de hecho la sociedad –uséase, la gente- está por delante de la clase política, periodística y empresarial. Pero luego las cosas suceden. Sucede que desde El Jueves digan que el fiscal intervino porque vió el tomate y no sé si es cierto, pero es desde luego verosímil. Sucede que los intelectuales modernos son, según se trate de un público objetivo u otro, Juan Manuel de Prada y sus diatribas contra Darwin o Espido Freire, que escribe ensayos sobre las hermanas Brönte al tiempo que explica los problemas laborales de las últimas generaciones del baby boom.
Pierre sale a cortar cabezas mientras Rinzewind ofrece, con una simple captura de pantalla, un ejemplo de ejercicio de lógica en plan “¿qué noticia no estaría en la portada de un país no grotesco?”
La pregunta que no deja dormir, no obstante, es “¿Qué pinta el pobre Willie Nelson en este fregao?”

