Ese no es país de viejos

Ese no es país de viejos. Jóvenes
en otros brazos, pájaros en árboles,
–generaciones que mueren–cantando,
los ríos de salmones, mar de atunes,
pez, carne o ave loan en verano
aquello que se engendra, nace y muere.
En música sensual presos ignoran
estatuas de una mente que no cambia.
Un viejo es una cosa deleznable,
harapos sobre un palo, a menos que
palmas dé el alma y cante y cante alto
por cada harapo en su traje mortal,
ni hay escuelas de canto salvo estudio
de estatuas de su propia majestad;
y así he cruzado mares, y llegado
a la ciudad sagrada de Bizancio.
Sabios en fuego sagrado de Dios
como en mosaico de oro sobre un muro,
bajad del fuego, esa peonza que gira,
maestros de música sed para mi alma.
Quemad mi corazón; preso en deseo
y atado a un animal agonizante
no sabe lo que es; luego engarzadme
a ese el artificio de lo eterno.
No tomaré, atrás naturaleza,
forma que sea de algo natural,
sino una como orfebres griegos hagan
de láminas de oro, esmalte de oro,
y así al Emperador tener despierto;
o posado en rama de oro cantar
a damas y señores de Bizancio
del pasado, o qué pasa, o pasará.
Llega la última película de los hermanos Coen, No Country for Old Men, inspirada en la novela homónima de Cormac McCarthy, ese gigante, autor de la intraducible Blood Meridian. El título, obviamente, viene del poema de Yeats y para la ocasión he rescatado de las ruinas de mi primer blog esta traducción, que “suena bien”, según el responsable de la antología bilingüe del irlandés publicada en Lumen. Si no fuera un amigo sería para celebrarlo.

