~ Archive for Letras ~

Wet the envelope

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En enlace a esta tragedia epistolar me lo manda mi querida María Ospina, que está montando una exposición en Santa Fé (de Bogotá) sobre postales y esas cosas. Cualquier referencia a lo epistolar que me puedan dejar en comentarios será infinitamente agradecida. Yo, aparte de la escena en la que mi vecino John Malkovich escribe sobre la espalda desnuda de una adolescente Uma Thurman, no he podido menos que recordarle la existencia de “The Letter”, con la letra tan clara, con el fraseo que tan explícitamente recuerda la dimensión física, corporal, de la correspondencia vieja…

Thoughts vanish

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Life knows us not and we do not know life – we don’t even know our own thoughts. Half the words we use have no meaning whatever and of the other half each man understands each word after the fashion of his own folly and conceit. Faith is a myth, and beliefs shift like mists on the shore; thoughts vanish; words, once pronounced, die; and the memory of yesterday is as shadowy as the hope of tomorrow.

El Guardian celebra los 150 años del nacimiento del inmenso Joseph Conrad, de quien es la cita. Ya lo dijo Juan Benet, “solamente hay cinco genios escribiendo en inglés en el s.XX y uno de ellos era polaco”.

(Otro, obviamente, es Faulkner. Me pregunto quiénes serían los otros tres de su lista…).

A Lesson for this Friday

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“‘We’ve been testing you,’ said Woland. ‘Never ask for anything! Never for anything, especially from those who are stronger than you. They’ll make the offer themselves, and give everything themselves. Sit down, proud woman’”.

Bulgakov, Mikhail.  The Master and Margarita. Trans. Richard Pevear, and Larissa Volokhonsky.  London: Penguin, 1997. p. 282.

Uno no aprende nunca nada.

Los susurrantes

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Carlos Giménez saca libro sobre la Guerra Civil. Mientras tanto, en otro punto del continuo espacio-temporal, los obispos patrios se dan de hostias:

Las divisiones internas, casi siempre soterradas, son en esta ocasión muy visibles desde que el lunes pasado el presidente de la CEE, el obispo Ricardo Blázquez, se alejó, en un sonoro discurso, de las tesis oficiales de la conferencia sobre cómo asumir responsabilidades por el golpe militar contra la II República, la calificación de la Guerra Civil como “cruzada” y el apoyo de la Iglesia de Roma a la larga dictadura del general Franco.

Blázquez también matizó la visión del episcopado sobre la reciente beatificación de 498 católicos asesinados en aquel enfrentamiento fratricida e, incluso, sobre el rechazo de la llamada ley de la Memoria Histórica. Además, calificó de “decisivo” y “don de Dios para la Iglesia y la sociedad española” el trabajo del cardenal Vicente Enrique y Tarancón durante la transición de la Iglesia de Roma hacia la democracia, y como impulsor en España de las numerosas reformas del Concilio Vaticano II.

A la mayoría de los obispos actuales -quedan sólo seis que lo eran cuando el mítico cardenal se jubiló-, la figura de Tarancón les resulta ajena, cuando no antipática, por haber pilotado una transformación que hace años que les resulta incómoda. Un ejemplo es el juicio que el líder del catolicismo español entre 1971 a 1981 tuvo sobre el franquismo, un asunto que siempre ha envenenado las relaciones entre el episcopado moderado y el conservador. La discordia ha vuelto a surgir esta semana.

Finalmente, The Whisperers, sobre la forma total en que el regimen estalinista se infiltró en todos los reductos de la vida cotidiana soviética, más allá de los casos conocidos de los intelectuales (no por ello menos valerosos) como Ajmatova, Mandelstam, Bulgákov… Esta es la materia de la que salió la fiesta infernal que es El maestro y Margarita.

[Habrá quien acuse esta entrada de equidistante, de apologética, de, al yuxtaponer represión franquista y estalinismo en esta entrada, caminar por la senda tenebrosa de los revisionistas como Moa y el PP actual. Francamente, me da igual. Lo que no me da igual es que en los medios de la "izquierda" no se mencionen nunca (o muy de pasada) a los 50.000 muertos por la represión en el bando republicano, como si ya hubieran agotado su ración de recuerdo después de cuatro décadas, sea tarea de los medios "del otro bando" el tenerlos presentes, hablar de ellos implique convertirse en cómplice de la propaganda revisionista filofranquista de la COPE o LD, o sabe Dios qué]

Thomas Chase

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By contrast, Shakespeare’s name appeared in print for the first time in 1593 (Venus and Adonis), when the Stratford playwright was already 29. Middleton wrote The Revenger’s Tragedy when he was just 26 (Shakespeare’s age when he finished Henry VI, Part Two). Can anyone doubt which 26-year-old wrote the greater play? Can anything in Henry VI compare with “melt all his patrimony in a kiss” or “the poor benefit of a bewitching minute” or “Joy’s a subtle elf: I think man’s happiest when he forgets himself” or the startlingly modern, ironic “Old Dad dead”?

[...]

Middleton responded to the challenge by matching Shakespeare on his own ground. The pair are the only English playwrights – and two of the very few in any language – who have written acknowledged multiple masterpieces in both comedy and tragedy. Middleton’s other tragedies include The Changeling and Women Beware Women. The searing one-act Yorkshire Tragedy, with its compelling portrait of a bitterly impoverished, abusive father who tries to kill his wife and succeeds in killing two of his children, was written within months of The Revenger’s Tragedy. These masterpieces are matched by a string of complicated, magnificent comedies: A Chaste Maid in Cheapside, The Roaring Girl, and A Mad World, My Masters are only the best known. Middleton’s most famous history play, A Game at Chess, was also the biggest box-office hit of the early London theatre, the most talked-about, written-about play of its time.

[...]

If Middleton is our other Shakespeare, why is he so little known? The most obvious explanation is that he is a purveyor of inconvenient truths: about sex, poverty, disease, political corruption, religious hypocrisy and sectarian hatred. From the beginning, some people have tried to shut him up. His second book, Microcynicon, was publicly burned. A member of the House of Commons complained about The Penniless Parliament of Threadbare Poets. A sermon at St Paul’s singled out The Puritan Widow for special obloquy. The censor cut passages from the promptbook of The Lady’s Tragedy. And for the spectacular success of A Game at Chess, Middleton was rewarded with imprisonment. He was eventually released, but never wrote another play; it’s hard to avoid the conclusion that his silence was involuntary. His last major dramatic work – the official pageant to celebrate the coronation of Charles I, commissioned by the City of London – was never performed. The new king delayed, delayed, and finally cancelled it, and Middleton died a year later.

Quien conozca un poco a Middleton se sentirá inmediatamente como en casa cuando vea a Tony Soprano entrar en la consulta de un psiquiatra: esa falta de gravitas, ese poderoso rebosar de sentimientos cotidianos en alguien que habría de tener estatura trágica es puro teatro jacobeo en sus manos más altas: las de Middleton, las de Webster, las de Shakespeare escribiendo sus tragedias tardías si se lo observa con ojos aviesos, con mirada oblicua, atravesá. Andamos cortitos de líquido, si no esta edición de sus obras completas que anuncia el Guardian serían un autorregalo de Navidad imprescindible. Leer A Trick to Catch the Old One el Domingo de Pascua de 1998 fue una de esas rarisimas experiencias de lectura que te dejan extraordinariamente euforico… Curioso, esos extasis son casi todos anteriores al 10 de septiembre del 2000.

[Quien conozca un poco a Middleton también será capaz de comprender hasta qué punto es absurdo asignarle cualquier valor a Lope y a Calderón, aparte del de mero documento histórico: pero eso es otra historia, aburrida, insignificante]

Birds in the Night

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Ya le he dicho a Marta varias veces que cada vez me gusta más lo que está haciendo con la sección de cultura de ADN. Me gustó por ejemplo mucho la galería de ganadoras del Nobel, o la rapidez con la que anunció al premio a Martín Kohan, quien, dicen, es el mejor escritor de su generación. Ahora me agrada ver que es la primera en seleccionar esta pequeña noticia sobre la supervivencia de un fragmento de historia literaria. La casa, la verdad, no me importa en exceso (lo cual no significa que no la considere importante… creo que es posible establecer esa distinción entre el lazo afectivo y el juicio), no esta casa, por lo menos (otra cosa fue 102 Boulevard Haussmann, o, algún día, Rowan Oak), pero lo que sí me importa es el poema que sobre ella escribió Luis Cernuda, “Birds in the Night”, un gran poema…

Be bold, live slow

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We the Robots, de Chris Harding. Via.

The rest is noise

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These are modest claims and Ross realizes classical music will never regain the popularity it had in 1900s Europe or even 1950s America, when Leonard Bernstein regaled a radio audience every week with the splendors of Mahler or Copland. But I am glad to be more than modest and say “The Rest Is Noise” is the biggest cultural boost classical music could hope to receive. With perpetual grace and excitement, Ross reanimates music buried in history and super-obscure record stores, and allows us to feel just how contemporary it can be. Let your heart curdle with thoughts of the unrelenting nightmare in Iraq, and the men responsible for it. Then play the splintering choral work “Le Soleil des eaux,” by Boulez, based on poems by René Char — “River with an indestructible heart in this mad prison-world, keep us violent” — and you may never again say you don’t understand atonal music.

“For now, the art is like the ’sunken cathedral’ that Debussy depicts in his Preludes for Piano — a city that chants beneath the waves,” Ross concludes. After reading “The Rest Is Noise,” and having literally listened my way through it, I can feel that city chanting now. Stravinsky’s beats are pounding in my head; Ligeti’s spare piano lines are sailing through my heart. On my iPod the other day, I was listening to Bartók’s String Quartet No. 2 on a crowded streetcar. As the violins rushed off in every direction, and the cello drove them madly on, I suddenly had the most profoundly clear and terrifying vision that nothing in the world made sense. Experiencing sheer chaos in the burning tunnel of Bartók’s music, I felt utterly alive.

Cuando yo sea mayor quiero escribir artículos como los de Alex Ross en el New Yorker o éste en Salon. Pero, como ya he dicho muchas veces, ya soy mayor, y prácticamente tengo la edad a la que se consagraron dos de mis dos “héroes” (y uno de ellos no me quiso admitir en su curso). Al menos puedo compartir el entusiasmo que transmite el último párrafo.

La reseña en el NY Times es menos apasionada, más crítica. Más innecesaria. El primer capítulo del libro de Ross. Y cómo adquirirlo con un 30% de descuento. Si me hubieran dejado convertirme en doctor este mes (tal vez este mismo viernes o el lunes que viene a nivel oficial) y tuviera la holgura económica aparejada, caía fijo…

[Note to myself: Alex Ross. Cambridge, Mass.: Harvard Book Store, November 19, 7 P.M.]

[Descubro que Ross se licenció de Harvard. Como tantos escritores del New Yorker y guionistas de las mejores temporadas de Los Simpson. Es bonito pensar las vidas profesionales tan interesantes que tendrán tal vez tus estudiantes, aunque (o precisamente porque) ya uno no se haga demasiadas ilusiones con la propia. Mejor que el resto sea ruido y no silencio]

“Tolk”

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Cette photo m’a interpellée. Le mollusque évoque bien plus pour moi le sexe féminin,mou, gluant, déployant ses tentacules, absorbant le sexe de l’homme au fond de sa tanière…
Et voilà ce que j’ai trouvé par hasard 2 min plus tard .

La foto que interpela a mi muy bienvenue visitante francesa es ésta, sacada de un blog desafortunadamente muerto. Es el tipo de cosa que uno se puede encontrar entre los comentarios a viejos posts. Es casi una conversación oída al azar, cuando uno no debería, entre el lector llegado tarde (o no: a su propio ritmo) y la entrada de la que uno prácticamente se había olvidado. Una conversación oída al azar casi, casi, casi como…

[El otoño no es que haya ha llegado, es que se está prácticamente yendo. Desde semanas los árboles andan enfermos de ictericia, aunque el que ven es ruso. Yo, mientras llueve, me voy a leer los dos primeros volúmenes del ciclo de Terramar de Ursula K. Le Guin para una clase que doy el miércoles. Mientras, en Barcelona...]

Auf Wiedersehen

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Consider this column a paean to an antiquated technology, in the manner, say, of an ode to hand-churned butter. Hey, hand-churned butter had a lot going for it, and even today, some folks swear by it. That the stuff was superseded by an economically superior product can’t erase its charms.

The same holds for newspapers. Print’s ultimate demise is a fate foretold by as many indisputable line graphs as Al Gore wields to prove that Knut and his kin are in trouble. But before it disappears forever, let’s pause to remember what’s beautiful and useful about the newspaper — if mainly for the sake of posterity, also to point out what about it we should aim to replicate digitally.

The newspaper, first and chiefly, is easy to skim. Any single day’s news is a motley collection of barely related events, many of which even the most wild-eyed news junkie finds quite boring. The newspaper’s genius is putting them together in a way that highlights connections and implicit categories, and that shows off enough of each to quickly tell you what you need to know.

It’s like a shopping mall of news; you don’t have to enter every store to have any fun. Just peering in the windows — scanning the pictures and captions, passing over the headline and pull-quotes and the lead sentence, noting the story’s placement — can be worthwhile.

Para los nostálgicos amantes de la celulosa y el celuloide. Los primeros tienen este canto de despedida a la lectura del periódico en papel. Los segundos, este blog que recopila fotografías hechas analógicamente, con carrete de película: Smells Funny. La imagen que ven, no lo nieguen, encaja perfectamente, con una niña gótica ochentera sentada en una barbería “atemporal” y desierta…

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