Y después un cuadrado de aristas intermitentes. Así terminan Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, de 1998, en una clara referencia al final de Rayuela, de 1963, en la que no sabemos cuál es la suerte final de Oliveira en su ventana. Ninguna de las dos es un extremo artístico de nada, y ambas, de una forma u otra, mantienen un fuerte sentido de la narratividad y del hilo argumental por más que sea en forma de puzzle. Nada que ver, digamos, con el hermetismo las tres primeras de Juan Benet o su Saúl ante Samuel. Y en todo caso siempre un lector “furtivo”, como lo describe Michel de Certeau, encontrará dónde tomar aquí y allá aquello que le proporcione una dosis de placer, frente al neurótico lector “ingeniero” que asume que la vaca es esférica y se irrita si se encuentra con demasiados epsilones que no puede eliminar. Uno deja el texto fluir y pesca en río revuelto, el otro ha de construir una presa y anegar un territorio perfectamente válido y fértil para remansar el agua, detenerla, y someterla a su control. Curioso que Juan Benet le guste tanto a este lector furtivo que va por la literatura dando las gracias por lo que de valor se encuentra de forma arbitraria, y sea a la vez el ejemplo máximo de resistencia a esos lectores ingenieros que solamente conciben el texto en términos de lucha entre autor y lector, en el que uno le niega al otro el dominio que desea sobre el primero, y el otro grita y lo acusa de insoportable elitista y bobo hermético.
Como comprenderán obviamente a estas alturas, no estoy hablando de Cortázar ni Benet ni Bolaño ni de lector hembra/macho ni de nada por el estilo, sino de David Chase y el último episodio de Los soprano. Resulta desoladora la irritación de tantos seguidores de la serie por lo que demuestra: el extremado primitivismo de la serie de televisión como género narrativo. Lo que Bolaño y Cortázar hacen parece perfectamente asumible por quienes han puesto el grito en el cielo al ver lo mismo en la pantalla, gritos de gente en muchos casos de ésa que está suscrita al New Yorker y demás o le gusta pasar la tarde leyendo en el Borders o Barnes & Noble del barrio (o el suburbio, más bien). En fin. Adiós, familia. No creo que haya película. A menos de que renazca incontenible el odio que Chase siente por la serie, un odio que productivamente se filtra en cada instante para que salten chispas por la fricción entre Chase, su material y su público, que es aquello que verdaderamente odia por encima de todas las cosas. O con probabilidad se trate de las convenciones del género, y los espectadores atrapados en ella sufren inocentemente como daños colaterales. En cualquier caso, sólo entonces, con esa oleada de desprecio y resentimiento, puede que Chase destruya cualquier buen recuerdo que tengamos de la serie con una película que es muy difícil que no sea decepcionante.
Divago. Lo que sigue es una lista de enlaces que probablemente irá aumentando. Hoy, San Antonio de Padua, es día apropiado para despedir a mi tocayo y terminar con la bendita estrechez de miras que este blog ha padecido y demostrado en estas últimas semanas. Empiezo con los dos maestros, Heather Havrilevsky (aka Polly Esther)en Salon y el crítico del Star Ledger. Intento no revelar nada, pero sigan leyendo por su cuenta y riesgo.
# “Is Chase brilliant for so thoroughly subverting our expectations, or … is he just an asshole?”
# “Who knew that the music of Journey could be used so ironically?” ¿Irónicamente? ¿Seguro?
# Entrevista a David Chase, quien ve muchos problemas para que haya una película. Una idea interesante: “Chase noted that often his favorite part of the show was the characters telling stories about the good ol’ days of Tony’s parents. Just a guess, but if Chase ever does a movie spinoff, it’ll be set in Newark in the’60s”.
# El decepcionante artículo del NY Times. Gocen, no obstante, con la bilis que rezuman los comentarios. Cortesía de Enrique.
# También en el NY Times pero mucho más interesante, la respuesta de los creadores de series de televisión. Boquiabiertos los ha dejado Chase. Me recuerda a aquello que decía Capote en los cincuenta, sobre cómo iban todos más o menos mientras la locomotora faulkneriana seguía arrasando camino adelante sin parar.
# “It’s part Fellini, part Rod Serling — and way too much Coppola being fried up for our comfort”. Una reseña en el WP.
# “But “The Sopranos” was not judgmental. It could be maddeningly neutral and even amoral; Tony Soprano, so powerfully played by James Gandolfini, could be a vicious killer one moment and dear old daddy the next. He loomed a giant figure from the first episode to last night’s blistering and shattering finale”. La otra reseña en el WP.
# “Isn’t that something that far all his sins [...], many of us still didn’t want Tony to die. Talk about painting a brilliant antihero for all time — THIS is where Chase applied his masterstroke. We (like Melfi) were often conflicted about Tony – not unlike how many of us are conflicted over the show’s finish”. El chat del crítico de televisión del WP.
# La airada y gloriosamente cómica reacción de los fans, incluyendo cambios en la Wikipedia propios de la pezonada negra (¿pero son verdaderamente fans? Se puede amar sin comprender en absoluto aquello que se ama, ¿pero cuánto vale ese amor? ¿Qué derechos da? O tal vez nunca vale nada ni da ningún derecho. O tal vez debería empezar a escribir un blog íntimo, adoptar la voz de una bloguera serena, lograr una columna en el Vale).
# El intercambio de mensajes en Slate, bastante decepcionante, qué quieren que les diga, salvo por el hecho de que uno de los corresponsales demuestra que un email que pretende demostrar que sí, que ocurre X, es un hoax o al menos está lleno de errores, empezando por la prueba principal. Sospecho, no obstante, que Luis del Pino tiene pezones negros sopranescos que lucharán hasta el fin contra la verdad oficial.
# Confieso, confieso, confieso que me he bajado la canción. Los ochenta fueron absolutamente abominables y lo único que supera el brillo que les da la nostalgia de los que los recuerdan es el brillo que les da la nostalgia prestada de quienes no los recuerdan. En fin, todo lo que nunca quisieron saber sobre “Don’t stop believin’” de Journey.
# “But the point of the song playing is that you just don’t give up, life goes on even if you’re the Sopranos. It doesn’t matter what you do for a living. In the midst of his turbulent life and everything, there’s always this sense of family and this sense of dreams and hopes for some kind of normalcy – some kind of don’t-give-up, don’t-stop-believing feeling. I actually shouted “All right!” at the end”. Un tipo feliz, Steve Perry. Su canción cierra la mejor serie de TV de la historia. Confieso que, en lo que es un puro acto de fe, estoy de acuerdo con él en lo que respecta al final. Cortesía de Enrique, cuya (relativa) juventud (afirmo) y genes italianos (afirma) le hacen ser más benevolente con las horteradas musicales de los ochenta, e incluso más que benevolente (confiesa).