
Estas semanas todo el mundo se fija en ese país que lleva acomplejado desde la derrota de Sedán (la Belle Epoque y la Tercera República son un tiempo traumáticamente aterrado al saber que por cada dos soldados franceses en el campo de batalla los alemanes tienen tres), ese país que cuesta reconocer hoy como avanzada alguna vez de las nuevas tecnologías, como el cine. Ese país del que cuesta mencionar figuras relevantes en las últimas décadas, figuras relevantes de verdad. Una de ellas propone en el 2007 “utopías de la modernidad” desde un tablero de dibujo, afirma satisfecho que el infierno son los demás, que no construyen y mantienen lo que perfecto nació de su cabeza como Atenea, y suelta máximas de mandarín: “La crítica arquitectónica es a la arquitectura lo que la ornitología a los pájaros”. En torno al último francés relevante (o conocido) en la literatura contaba Roberto Bolaño este sueño:
“Soñé que Georges Perec tenía tres años y lloraba desconsoladamente. Yo intentaba calmarlo. Lo tomaba en brazos, le compraba golosinas, libros para pintar. Luego nos íbamos al Paseo Marítimo de Nueva York y mientras él jugaba en el tobogán yo me decía a mí mismo: no sirvo para nada, pero serviré para cuidarte, nadie te hará daño, nadie intentará matarte. Después se ponía a llover y volvíamos tranquilamente a casa. ¿Pero dónde estaba nuestra casa?”
Si con respecto a Francia así se sienten los detectives salvajes ex-troskistas que en realidad son socialdemócratas o social-liberales, mal les va, a Francia y a ellos (o a nosotros). ¿Adónde ir? No hay que sorprenderse de que se acabe, sino de que haya durado tanto, o de que a otros les dure o lo parezca. Aunque si Dios fue capaz de detener el curso del sol para que Josué siguiera masacrando a sus enemigos, nada, ciertamente, es quizá imposible…